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Anécdotas inéditas de una viajera por el mundo

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Con este artículo retomo de nuevo la sección de viajeros que leen este blog y quieren contar su propia historia. Hoy te presento a Vero, del blog Sin Mapa. Ella te va a contar sus mejores y más divertidas anécdotas como gran viajera por el mundo que es.

Seguramente a Vero la conozcas porque es coautora del gran libro Viajeras, un libro escrito por experimentadas viajeras para mujeres cuyo sueño es viajar y no se han atrevido a hacerlo; o para aquellas que sí lo hacen, pero no se animan a irse solas, de manera independiente o sin compañía masculina.

Si eres chica y amante de los viajes, es altamente recomendado.

Este post forma parte de una colaboración conjunta entre Vero y yo. Puedes leer mi artículo en su blog: Viajar solo: Descubre las 2 anécdotas más divertidas y la situación más difícil de un viajero solitario.

En esta misma sección, anteriormente tuvimos a:

Anécdotas inéditas de una viajera por el mundo: Comer con indigentes, dormir en un cajero automático y aplaudir para salvar mi vida

Hola a todos! Soy Vero y hoy me cuelo en la «Inteligencia Viajera» para contaros tres anécdotas de mis viajes por el mundo ¡totalmente inéditas! Porque no todo en un viaje es un «camino de rosas»…

1. Situaciones bizarras durante mis primeras 2 horas en China

Llegada a China

Cuando Sarah me invitó a su casa en Shanghai durante nuestra despedida de la maravillosa isla de Boracay en Filipinas nunca se me había ocurrido la posibilidad de viajar al gigante asiático durante mi periplo por el Sudeste Asiático.

Meses más tarde, en un impulso propio de quien viaja sola y sin planes estructurados dije “ma’ si, me voy a ver la muralla china”. Le escribí a Sarah y le avisé que llegaría al día siguiente a primera hora. Ella es profesora de inglés en un colegio privado en las afueras de la ciudad, entre el aeropuerto y el barrio de expatriados en el que ella vive, y como estaría trabajando me envió por email la dirección del colegio escrita en caracteres chinos para que yo la imprimiera y se la mostrara al taxista a mi llegada.

Y aquí empiezan las situaciones bizarras:

Aplaude y canta por tu vida

En el aeropuerto de Shanghai me subí a un taxi, le di el papelito con la dirección del colegio de mi anfitriona, me hundí en el asiento trasero y empecé a absorber todo lo que pasaba por la ventanilla hasta que me di cuenta que el coche estaba a punto de chocar con el guardarraíl. Miré al conductor por su espejo retrovisor y me di cuenta que estaba conduciendo…. ¡con los ojos cerrados!

Salté del asiento y empecé a pegar golpes contra la pantalla de plástico transparente que dividía los asientos traseros del conductor y, del susto, el conductor pegó un volantazo que casi chocamos con otro coche que venía por el carril izquierdo.

Con el corazón en la garganta y cierta taquicardia le empecé a decir en los pocos idiomas que conocía que se había quedado dormido. El chino no entendió ni una palabra de lo que le dije y me miraba por el espejo y me sonreía.

Le hice señas y gestos con las manos de “bebe algo” y otras señas de “que te despierte” (agrandando mis ojos con mis dedos). Después de unos segundos de desconcierto creo que entendió y le dio un sorbo a un vaso con un líquido dudoso en su interior (¡espero que no sea alcohol!).

Intenté calmar mi respiración, me apoyé en el respaldo de mi asiento pero seguí vigilando al conductor por el espejo. A los pocos minutos veo que empieza a cabecear de nuevo… empiezo a aplaudir muy fuerte y el chino se despierta.

El coche iba haciendo zigzags por el carril demasiado cerca de la valla de protección y yo no veía escapatoria. ¡No podía pedirle que me dejara tirada en medio de una autovía en China!

Cuando vi que por tercera vez cabeceaba comencé a cantar en voz alta y a aplaudir como si mi vida dependiera de ello… bueno, en cierta manera dependía de ello. Después de los que fueron los 25 minutos más largos de mi vida –cantando a todo pulmón y aplaudiendo hasta que mis manos enrojecieran- llegué sana y salva al colegio donde trabajaba Sarah.

Al fin sana y salva, con Sarah

Esta no es mi casa

Pero las situaciones bizarras no acaban allí. Sarah me comentó que tenía que trabajar hasta las 4 de la tarde por lo que yo tendría que ir sola hasta su piso. Me dio un móvil con muy poco saldo “suficiente para unos sms pero quizá no para una llamada”, las llaves y la dirección de su casa escrita en caracteres chinos y también en inglés –para que yo lo tuviera como referencia-.

Al llegar al edificio le enseño el papel a la chica de la recepción. Ella lo lee y me señala la puerta de su derecha, la que indicaba bloque B. Al salir del ascensor busco la puerta 3… y al introducir la llave en la cerradura me doy cuenta que la puerta -de esas que tiene manijas por lo que si no está echada la llave puedes abrir desde afuera- no estaba cerrada.

Entro y me encuentro con el siguiente escenario: un salón desordenado, a mi izquierda estaba el sofá con restos de alguna comida frita y cajas de noodles frente a una TV enchufada a una consola de videojuegos. A mi derecha un perchero con una corbata y una chaqueta aparentemente de “hombre”. Me quedé en la puerta varios minutos analizando el lugar buscando algún indicio de que Sarah vivía ahí. No encontré nada.

Decidí salir, cerrar la puerta y tocar el timbre porque quizá mi anfitriona se había olvidado mencionar que vivía con su novio o hermano… o con un compañero de piso. Toqué el timbre un par de veces y como nadie respondía y sentía que algo no iba bien decidí bajar a la recepción y volver a preguntarle a la chica por la dirección que tenía escrita en el papel. La recepcionista me miró como si yo fuera tonta, pero me sonrió y me indicó –otra vez- la misma dirección: hacia el ascensor del bloque B, cuarta planta y puerta 3.

Así que volví a subir, volví a tocar repetidamente la puerta y al ver que nadie me abría, entré. Dejé mi mochila en el sofá… fui a la cocina, me serví un vaso de zumo de naranja y cogí una galletita del paquete que estaba abierto sobre la encimera y me fui al balcón a fumarme un cigarrillo. Ahí recordé que tenía saldo en el móvil para enviar un sms y le escribí para preguntarle si con ella vivía alguien más. Llega la respuesta de Sarah: “¡¿¡Dónde estás!?! En mi casa no vive ningún hombre ni tengo videojuegos!!”.

Dos segundos después, bastante alarmada, me llama por teléfono. Le describo la casa en la que me encontraba y me dice que esa “no es su casa”. De repente suena un despertador… y yo agarro mi mochila y salgo corriendo al ascensor –sin darme tiempo a lavar el vaso que había usado para el zumo- y bajo a la recepción una vez más, pero con Sarah aún al teléfono.

Después de unos minutos ella se da cuenta que me había dado mal el “bloque” en el que vivía… era el bloque A y no el B. Remendado el error, subo a su casa y, ahora sí, estaba en casa de Sarah: cojines con la bandera de Inglaterra, dos fotos de ella: una con su padre y otra con amigas… un double-decker bus típico londinense y mucho orden.

2. Hoteles de lujo –improvisados- en Berlín

Grafiti en Berlín

Mi cuerpo ardía. Me dolía “existir” y no había un músculo en mi cuerpo que no tiritara. El tren se detuvo en la terminal de Berlín una noche de invierno y yo apenas tenía energías para agarrar mi mochila y calzarla en mis hombros. Cuando me bajé del tren la luz blanca me encegueció, los negocios y tiendas me recibieron con sus persianas bajas y, excepto por la gente que descendía del mismo tren que yo, la estación estaba desierta.

Delirando embriagada de dolor comencé a caminar en círculos sin dirección ni propósito alguno. No sabía dónde estaba, ni dónde había un hotel, ni dónde estaba la salida de esa maldita terminal. En esa época –año 2000- no llevaba móvil, mapas, guías de viaje… ni un plan.

Caminé por las gélidas calles de Berlín en busca de algún cartel con la palabra mágica: “Hotel”. No sé si caminé 20 o 200 metros, pero en un momento mi cuerpo no pudo más y decidí sacar mi saco de dormir, tirarlo en el piso, meterme en él y acurrucarme contra mi mochila y la fachada de un edificio.

Me desvanecí hasta que sentí una pequeña patada en mis piernas. Entreabrí lo ojos, aún delirando y volando de fiebre, y vi una persona de pie al lado mío que, en vez de preguntarme si estaba bien, me “ordenaba” que me fuera de allí, que ese pedazo de calle y fachada “eran de propiedad privada”. Como no tenía energías para discutir me levanté como pude y, arrastrando mi saco de dormir, empecé a caminar hacia ningún lado.

De repente pasé junto a un cajero automático y se me encendió la lamparita… pasé mi tarjeta de crédito por la “cerradura” magnética y accedí. Nunca imaginé que un cajero automático tendría las comodidades de un hotel de lujo: alfombra, calefacción, seguridad y música ambiente. Sin dudarlo ni medio segundo me metí en mi saco de dormir y allí me quedé hasta que, sobre las 8 o 9 de la mañana, dos policías me despertaron, me pidieron mi documentación y me “invitaron” a salir de allí.

Yo ya me sentía un poco mejor por lo que me acerqué hasta la cafetería más cercana y desayuné. Luego me busqué un hotel, de esos que tienen recepcionistas, habitaciones y camas, y dormí el resto del día.

3. Compartiendo comida con los indigentes de Florencia

Puente viejo. Florencia

Pongámonos en contexto: año 2001, yo soy joven e irreverente. Viajo con 2 monedas en el bolsillo y ahorrar es la premisa para alargar el viaje lo máximo posible. Llevo de viaje poco más de 3 meses y la idea es estirarlo por lo menos 9 meses más.

Situación: estoy en Florencia, mi tren sale a las 5.10 de la madrugada y me niego a pagar un hotel por estar 3 o 4 horas. Durante el día me voy con unas chicas que conocí a desandar los pasos que alguna vez grandes de la historia del arte como Miguel Ángel o Leonardo Da Vinci dieron por las calles de esta bellísima ciudad. Sobre la medianoche ellas deciden irse a dormir y yo voy a la terminal de trenes y hacer tiempo allí hasta que el altavoz anunciara la partida de mi tren.

De repente llega un grupo de unos 7 u 8 chicos con cajas repletas de alimento y comienzan a repartirlo entre los indigentes que estaban en la terminal de trenes. Cuando me ven a mi sentada en una esquina, se acercan y me ofrecen comida.

Yo les cuento que soy una viajera haciendo tiempo para su tren y aún así me dicen que hay comida para todos y me dan un bocadillo de queso, un pastelito de chocolate y un agua. Un hombre y una mujer que vivían en la estación del tren se acercan, se sientan al lado mío, reciben su bocadillo y me preguntan qué hago ahí. Les cuento que estaba viajando y ahora esperaba el tren de las 5. Les pregunto a ellos por su vida. La mujer no tenía familia y se había quedado en la calle cuando perdió el trabajo hacía muchos años atrás (o eso entendí, mi italiano no era muy bueno) y el hombre decía frases inconexas con aires filosóficos por lo que poco entendí de su situación.

Tres de los chicos de la ONG, luego de repartir todo lo que traían, se unieron a nosotros y nos quedamos charlando poco más de una hora sobre las labores de la ONG y sobre mi viaje, cuando ellos me recomendaron que no me quedara dormida porque no era muy seguro pasar la noche allí.

Tenía que cuidar mis mochilas, por lo que bajar la guardia no era recomendado, dado que solían robar mucho. Así que, cuando ellos se despidieron aproveché para buscar otro rincón en la terminal, un poco más luminoso frente al anden de donde partiría mi tren, para seguir leyendo mi libro y así mantenerme despierta.

¡Gracias!

Ahora ya sabéis un poquito más de aquellas cosas que nos suceden cuando viajamos por el mundo. Te invito a que encuentres más historias de viaje en Sin mapa.

¡¡Muchas gracias Antonio por la oportunidad de compartir un pedacito de mis viajes en tu web!!

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